La primera y última vez que me alcanzaron la boca de lleno de un puñetazo fue durante un partido de fútbol jugado en Formentera. Corría la temporada 89/90 y mi equipo, el Atlético Isleño, visitaba el siempre complicado campo del equipo de la isla de al lado. Complicado no por el nivel habitual del contrario, sino porque ir allí era por norma sinónimo de encerrona. Máxime si, como en este caso, se iba en categoría juvenil, que por aquel entonces era la máxima categoría futbolística que los formenteranos podían disfrutar, por lo que los partidos eran incluso anunciados en carteles que colgaban de los bares y comercios de el puerto de la Savina.A partir de ese momento todo cambió. Como el que no quería la cosa, poco a poco fui abandonando mi posición en banda yéndome cada vez más hacía el centro del ataque, para desconcierto del entrenador, que no entendía el porqué no le obedecía. Tras el descanso, y ya todo el mundo puesto al corriente de la situación, retorné a mi puesto en banda, pues el cambio de campo me había alejado de aquellos energúmenos. No obstante, alcanzado el minuto setenta, y con dos a cero en contra en el marcador, ya no nos quedaba otra que jugarnos el todo por el todo, por lo que esta vez fue el propio entrenador el que me dijo que me pusiera de delantero centro, pues yo era de los más altos del equipo y ya íbamos a empezar a colgar balones a la olla.
Ahí se acabó la pelea para mí. Tras recibir estando aún en el suelo un par de patadas en el costado más bien mal dadas y que apenas si me hicieron mella, cuando conseguí incorporarme lo único que vi fue una tremenda batalla campal entre los jugadores de ambos equipos, así como a la pareja de guardias civiles que estaban de servicio en el campo y que intentaban disolver la pelea a gorrazos. Literalmente.
Tras más de una hora encerrados en el vestuario, y cuando por fin el conductor del autobús pudo acceder al estadio, abandonamos el lugar del crimen en dirección al puerto, siendo “escoltados” por unos cuantos chavales en moto que aún seguían con ganas de gresca, pero que no tardaron en desistir en su actitud.
Ya en el barco, y mientras trataba de bajar la hinchazón de mi labio a base de cubitos de hielo, nos encontramos con el árbitro, al que se le veía aún la cara desencajada por lo sucedido. Apenas un par de años mayor que nosotros, resultó ser un peninsular que estaba haciendo la mili en Ibiza y que, siendo colegiado federado, pensó que nada mejor para sacarse unas perrillas que el arbitrar los fines de semana partidos de fútbol base. Lo que el pobre no sabía, era que los cabrones de la federación se la jugarían mandándolo en su primer partido a un campo en el que algunos árbitros ibicencos pasaban por completo de ir.
Finalmente aquel partido lo acabamos perdiendo por ese dos a cero que ondeaba en el marcador en el momento de la suspensión del mismo, pues, aunque aún faltaban veinte minutos por disputarse, nadie estuvo por la labor de que volviéramos allí a finalizar el encuentro.
El otro día, viendo viejas fotos, caí en la cuenta que hace ya mucho tiempo que no visito Formentera. Para mí, sin lugar a dudas, y pese a anécdotas como esta que he narrado, la auténtica perla del Mediterráneo, y a la que espero regresar lo antes posible.
P.E. La foto del encabezamiento del post, está tomada minutos antes de aquel partido.




