martes, marzo 06, 2012

Tangana

La primera y última vez que me alcanzaron la boca de lleno de un puñetazo fue durante un partido de fútbol jugado en Formentera. Corría la temporada 89/90 y mi equipo, el Atlético Isleño, visitaba el siempre complicado campo del equipo de la isla de al lado. Complicado no por el nivel habitual del contrario, sino porque ir allí era por norma sinónimo de encerrona. Máxime si, como en este caso, se iba en categoría juvenil, que por aquel entonces era la máxima categoría futbolística que los formenteranos podían disfrutar, por lo que los partidos eran incluso anunciados en carteles que colgaban de los bares y comercios de el puerto de la Savina.

El caso es que los partidos en los que se visitaba el campo del Formentera siempre tenían su miga. No sé porqué, pero por lo visto cuando ellos venían a Ibiza tenían la impresión de que en todos los campos de la pitiusa mayor se les trataba mal, por lo que esperaban con el cuchillo entre los dientes a que uno les devolviera la visita. De ahí, que fuese mejor siempre el que la ida tocase fuera y la vuelta en casa. En esta ocasión no fue así, y nos presentamos allí un soleado domingo invernal próximo a la primavera, en el que más apetecía el ir a cualquiera de las paradisiacas playas de las que disfrutan nuestros “vecinos”, que no el ir a perder el tiempo corriendo tras una pelota.

Y es que antes de que empezara el partido ya flotaba en el ambiente una sensación rara, como de que algo podía estallar por cualquier nimiedad que encendiera la chispa. Las pequeñas graderías del estadio estaban a rebosar, y los más veteranos del equipo ya intuíamos que algo iba a pasar. La verdad, tampoco hacía falta ser un genio para darse cuenta de ello, pues al poco de iniciarse el partido ya dieron comienzo las hostilidades verbales. Yo, que por aquel entonces lucía el nueve pero jugaba pegado a la banda, me convertí, supongo que por proximidad con el público, en uno de los blancos favoritos. Así, desde el minuto uno, los insultos hacia mí persona fueron constantes, pese a la indiferencia con la que los recibía. Indiferencia que cambió a preocupación cuando, tras ir a buscar un balón que había salido por la banda, unos chavales me gritaron; “nueve, mira las piedras que tenemos para ti”, mostrándome unos cantos redondos capaces de matar a una mula si la alcanzaban de lleno. Y lo peor no era eso, sino que además se les veía muy capaces de cumplir con su amenaza.

A partir de ese momento todo cambió. Como el que no quería la cosa, poco a poco fui abandonando mi posición en banda yéndome cada vez más hacía el centro del ataque, para desconcierto del entrenador, que no entendía el porqué no le obedecía. Tras el descanso, y ya todo el mundo puesto al corriente de la situación, retorné a mi puesto en banda, pues el cambio de campo me había alejado de aquellos energúmenos. No obstante, alcanzado el minuto setenta, y con dos a cero en contra en el marcador, ya no nos quedaba otra que jugarnos el todo por el todo, por lo que esta vez fue el propio entrenador el que me dijo que me pusiera de delantero centro, pues yo era de los más altos del equipo y ya íbamos a empezar a colgar balones a la olla.

Y ahí empezó todo. Al ir a sacar un compañero una falta a la altura de los tres cuartos de campo, me situé justo en la línea del área y empecé a forcejear con uno de los centrales que no hacía más que darme pequeños puñetazos en la espalda. Queriendo quitármelo de encima intenté darle un taconazo en la entrepierna, pero supo leer mi movimiento y consiguió cerrar sus muslos a tiempo, enganchando mi pierna entre las suyas y dejándome a la pata coja y en una situación de clara indefensión, por lo que mi reacción instintiva fue la de soltarle un suave codazo a la altura del pecho.

¡Para qué lo haría! Como si de un Dani Alves cualquiera se tratara, el central se dejó caer de espaldas tapando su cara con sus manos y gritando como si le hubiesen pegado un tiro en la boca. Mientras le recriminaba su teatro, no me di cuenta de que varios jugadores rivales me habían rodeado hasta que uno de ellos estiró su brazo hacia mi cuello y empezó a estrangularme. Pude quitármelo encima de un certero manotazo, pero no así esquivar el puñetazo que otro de ellos me soltó acto seguido y que impactó de lleno en mi boca, enviándome al suelo sin remisión.

Ahí se acabó la pelea para mí. Tras recibir estando aún en el suelo un par de patadas en el costado más bien mal dadas y que apenas si me hicieron mella, cuando conseguí incorporarme lo único que vi fue una tremenda batalla campal entre los jugadores de ambos equipos, así como a la pareja de guardias civiles que estaban de servicio en el campo y que intentaban disolver la pelea a gorrazos. Literalmente.

Tras más de una hora encerrados en el vestuario, y cuando por fin el conductor del autobús pudo acceder al estadio, abandonamos el lugar del crimen en dirección al puerto, siendo “escoltados” por unos cuantos chavales en moto que aún seguían con ganas de gresca, pero que no tardaron en desistir en su actitud.

Ya en el barco, y mientras trataba de bajar la hinchazón de mi labio a base de cubitos de hielo, nos encontramos con el árbitro, al que se le veía aún la cara desencajada por lo sucedido. Apenas un par de años mayor que nosotros, resultó ser un peninsular que estaba haciendo la mili en Ibiza y que, siendo colegiado federado, pensó que nada mejor para sacarse unas perrillas que el arbitrar los fines de semana partidos de fútbol base. Lo que el pobre no sabía, era que los cabrones de la federación se la jugarían mandándolo en su primer partido a un campo en el que algunos árbitros ibicencos pasaban por completo de ir.

Finalmente aquel partido lo acabamos perdiendo por ese dos a cero que ondeaba en el marcador en el momento de la suspensión del mismo, pues, aunque aún faltaban veinte minutos por disputarse, nadie estuvo por la labor de que volviéramos allí a finalizar el encuentro.

El otro día, viendo viejas fotos, caí en la cuenta que hace ya mucho tiempo que no visito Formentera. Para mí, sin lugar a dudas, y pese a anécdotas como esta que he narrado, la auténtica perla del Mediterráneo, y a la que espero regresar lo antes posible.

P.E. La foto del encabezamiento del post, está tomada minutos antes de aquel partido.

lunes, febrero 27, 2012

Capítulo XVIII: Entre el miedo y la esperanza (parte 3ª y final)



Por fortuna, esta vez las travesías marítimas realizadas para ir a ver el partido contra el Benfica transcurrieron sin contratiempo alguno y todo fue perfecto, más allá del apurado marcador final de tres a dos que dejaba la eliminatoria abierta. Demasiado abierta, toda vez que el Espanyol llegó a mandar en el luminoso por tres goles a cero, antes de verse sorprendido por dos rápidas acciones de los portugueses. Ahora, tocaría sufrir de lo lindo en el lisboeta Estadio da Luz, pero hasta ese momento todavía faltaba una semana entera y, entremedio, aún debía coger otro barco con el que irme a Mallorca a pasar un par de días junto a Julia, en lo que ya casi era una práctica ordinaria los fines de semana.

Al llegar a Palma esa mañana mi mujer ya estaba en el puerto esperándome. Primero, había pasado por el hospital de Son Dureta para ver a su madre y atender las explicaciones del doctor, que aquel sábado 7 de abril eran más tranquilizadoras que de costumbre. Dolores parecía haber experimentado una cierta recuperación, lo que a su vez permitió que a Julia por fin, y tras dos semanas sin hacerlo, se la viese sonreír de nuevo.

– Hola cariño, ¿qué tal el viaje?- me preguntó nada más verme, con una mueca de felicidad en su cara como yo ya no recordaba.

– Pues mira, ya llevo tantas horas metido en barcos últimamente, que hasta me mareo al pisar tierra firme- bromeé, al verla tan animada.

- ¿Sabes?, mi madre hoy ha abierto los ojos, ¡y me ha reconocido!

- ¿No me digas?, pero eso es genial ¿no? ¿Y cómo ha sido?

– No sé. Dicen los médicos que esta noche la ha pasado muy bien, y que aun dentro de la gravedad ha mejorado algo. Ahora esperan que no vuelva a pillar fiebre, porque entonces es cuando vuelven los problemas. Y tú, ¿qué tal por Barcelona? Ya vi que ganasteis.

– Sí, ganamos el partido, aunque será bastante difícil el superar la eliminatoria. Ya veremos lo que pasa el jueves que viene- respondí, no muy convencido de poder lograrlo, y recordando con rabia aquellos dos rápidos e inesperados goles del Benfica.

– Pues venga, déjate de fútbol y vámonos afuera, que nos están esperado Pedro y Carmen.

Ese fin de semana, aprovechando el rayo de optimismo que nos iluminaba, lo dedicamos a despejar las mentes y a hacer un poco de turismo por Mallorca en compañía de Pedro y Carmen, primos de mi madre y quienes habían acogido amablemente en su casa a Julia desde el primer día. El domingo por la noche, al llegar la hora de volver a Ibiza, lo hice esperanzado, confiando en que la leve mejoría de mi suegra augurara un pronto retorno de Julia, ya que tras diecisiete días sin ella, la situación empezaba a ser angustiosa. No tanto para mí, que pese a caérseme la casa encima por momentos aún podía sobrellevarlo, sino por Eva, la cual, no pasaba día de la semana que no preguntara el porqué su mamá no volvía ya de Palma.

– Bueno cariño, hasta la próxima- le dije mientras enfilaba la escalerilla del barco.

– Hasta la próxima, amor. Dales un besazo a las niñas de mi parte- me pidió ella.

Por desgracia, y a pesar de las expectativas creadas, en las jornadas siguientes no sólo no hubo avances significativos, sino que, además, tres días después fallecía el padre de Carmen, aquejado de una larga y penosa enfermedad. Su muerte motivó que mi madre tuviese que ir con urgencia a Palma para acudir al funeral, dejándome a mí esa tarde al cuidado de las niñas, justo en el día en el que el Espanyol se jugaba el pase a las semifinales de la Copa de la UEFA. Así, esa noche al llegar a casa, y antes de ponerme con el fútbol, lo primero que hice fue preparar el baño de mis hijas y luego darlas de cenar, y una vez acabé de atenderlas, por fin pude sentarme delante de la tele.

El partido llevaba más de media hora empezado y el marcador continuaba con un peligroso empate a cero, lo que lo hacía impredecible. Sentado en el sillón, arrullando a la pequeña Ana, no podía dejar de mirar a Eva, quien ya dormía tranquila sobre el sofá, y pensar en lo mucho que estaba sufriendo. No en vano, al ir a recogerla, la cría me preguntó ilusionada si nos íbamos a casa porque mamá ya había vuelto, y al decirle que no, la cara de pena y desilusión que se le puso hizo que a mí se me quebrara el alma. Decididamente ya eran demasiados días, y la niña, con poco más de tres años y medio, no acababa de entender el porqué su mamá no estaba ahí con nosotros, por más que le hubiese intentado explicar que sólo sería hasta que la abuelita se pusiera buena. Mientras la arropaba con una fina manta, pensé que la próxima vez que fuese a Palma tendría que volver a llevármela.

Ana, por su parte, no conseguía dormirse. A raíz de haber tenido que dejar con precipitación la lactancia materna siempre le costaba algo más el hacer la digestión, por lo que tras darle el biberón la solía poner sobre mis piernas para, con cuidado, masajearle su tierna barriguita. Aquel solete era, sin duda alguna, lo único agradable que había sucedido en mi vida en los últimos meses. Un auténtico bálsamo de Fierabrás con el que tratar todas mis heridas emocionales y mitigar, aunque fuese en parte, el dolor que éstas me producían. Tanto era así, que una vez se durmió no quise llevarla a la cuna, sino que preferí continuar con ella entre mis brazos, pese a que ello me obligara a tener que seguir el encuentro con total moderación.

De una semana a otra el contraste era brutal. De la bulliciosa grada de La Curva, en donde presencié la ida entre gritos, cánticos y avalanchas, al salón de mi casa, en donde ahora veía el desenlace de la emocionante eliminatoria envuelto en el más absoluto de los silencios, y cuidadoso de no hacer nada que despertara a las niñas. Por eso, al finalizar el partido y conseguirse la clasificación para semifinales, el único gesto de alegría que me permití fue el de apretar con fuerza el puño derecho en señal de aprobación. Después, y una vez que mi corazón hubo por fin recuperado su cadencia normal, llevé a mis hijas a la cama y de seguida me acosté yo también, especulando ilusionado con la posibilidad de eliminar al Werder Bremen, nuestro próximo rival, y plantarnos en la tan ansiada final de Glasgow.

Con ese feliz pensamiento en la cabeza, aquella noche, y tras siete meses sin poder hacerlo, por fin conseguí dormir de un tirón más de cinco horas seguidas. Justo hasta el momento en el que Ana, empezó a reclamar con insistencia su desayuno.

martes, febrero 21, 2012

Capítulo XVIII: Entre el miedo y la esperanza (2ª parte)


Aquellas tarifas de barco resultaron ser todo un descubrimiento, ya que abarataban bastante el coste que suponía el ir en avión, por lo que al regresar a casa lo primero que hice fue conectar el ordenador a fin de comprar sin más demora los pasajes del sábado siguiente. Por curiosidad, me dio por mirar cómo estaba la ruta entre Ibiza y Barcelona, ya que esa era una línea que la naviera abría y cerraba dependiendo de la temporada. Al desplegarse la información en la pantalla noté una pequeña sacudida golpeándome por dentro, pues de pronto, y tras haber perdido toda esperanza de acudir a la eliminatoria contra el Benfica, ahora me encontraba con qué, a muy buen precio, podía ir a Barcelona el mismo jueves Santo día 5 y volver el viernes también Santo día 6, directo y sin escalas, en un trayecto de unas cinco horas de duración y cuyo único problema era el madrugón al que debía someterme, lo cual, y en alguien que ya no dormía más de cuatro horas diarias, no era ningún impedimento. Cerrado el viaje a Barcelona compré después el pasaje a Mallorca, por lo que, si todo iba bien, en el transcurso de la semana pasaría cerca de veinte horas en la mar, y navegaría unas seiscientas millas náuticas, aunque la verdad, no las tenía todas conmigo.

De hecho, el que no hubiese mirado antes la posibilidad de ir en barco a la Ciudad Condal se debía a que en las otras dos ocasiones que lo intenté, siempre hubo acaecido algo. La última en septiembre, al ingresar Dolores en el hospital y tener que cancelar el viaje. La anterior, también en septiembre pero del 2005, fecha en la que tras comprar un pasaje con el que ir a ver un partido contra el Real Madrid, la madrugada previa al mismo se desataba un temporal de lluvia y viento como hacía mucho que no se veía en la isla. Yo, que tenía previsto partir hacia el puerto a eso de las seis y diez, ya que el barco salía a las siete y desde mi casa se tardaba más o menos un cuarto de hora, precavido ante semejante tempestad, y temeroso de topar con algún imprevisto, decidí que lo mejor sería adelantar la marcha. Pese a ello, cuando al poco de salir ya me vi obligado a circular unos cuantos metros sobre la acera, a fin de esquivar un tramo de carretera en donde el agua alcanzaba el nivel de la puerta, intuí que la empresa no sería fácil y pensé en si, tal vez, Julia tenía razón al preguntarme qué adónde iba con esa tormenta.

- ¿Pero se puede saber adónde coño vas con la que está cayendo?- fueron sus palabras exactas.

Al cruzarme luego con un par de vehículos abandonados por sus dueños en mitad de una avenida, mis temores aumentaron y consideré, seriamente, la hipótesis de no llegar a tiempo. Hipótesis que cobró visos de hacerse realidad cuando, tras aparcar lo más cerca posible del muelle, apenas ya si disponía de diez minutos, por lo que salí del coche y empecé a correr bajo el intenso aguacero en dirección a la estación marítima.


Nada más entrar en el puerto descubrí, con desespero, que el buque al que debía subir estaba atracado en el dique de abrigo, junto al faro, a casi quinientos metros de distancia, por lo que paré unos segundos a recuperar el aire perdido y darle un pequeño descanso a mis fatigados pulmones, a los que parecía que estuviesen pinchando con centenares de agujas. Después, forcé la marcha y del galope pasé al sprint. A escasos cien metros de alcanzar el objetivo ya vi aliviado que lo lograría, pero con lo que no contaba era con que uno de los coches que iba a embarcar pasara por mi lado justo a la altura del charco más profundo. Ni tan siquiera alcancé a ver de qué modelo se trataba. Quitándome la cortina de agua sucia de mi cara tan sólo pude reaccionar gritando impotente un –me cago en tu puta madre so cabrón-, que quedó ahogado ante el atronador sonido de los poderosos motores diesel del buque.

Una vez a bordo, me dirigí a los aseos, me quité el pantalón, la camiseta y los calcetines y por espacio de un cuarto de hora tuve toda la ropa debajo del aire caliente del secamanos, esperando medio desnudo y tiritando a que ésta se secara lo suficiente como para evitar pillar una pulmonía. Tras vestirme de nuevo, y debido al extremado vaivén de la nave, fui dando tumbos hasta el salón principal, en donde, rendido, me dejé caer a plomo sobre un cómodo butacón.

– Uf..., por los pelos- pensé mientras repasaba lo acontecido en las últimas dos horas, y sorprendido gratamente de que el barco hubiese levado anclas en esas condiciones, pues si por algo se caracterizaban aquellos modernos navíos ultra rápidos eran por no ser muy marineros, ya que a la mínima que se levantaba un cierto oleaje siempre se quedaban en tierra.


Pero habíamos zarpado, y en poco más de una hora haríamos una breve escala en Palma, y después, continuaríamos hacia Barcelona. Sin embargo, al atracar en la isla vecina, los constantes susurros y el ir y venir acelerado de parte de la tripulación me hicieron sospechar de lo peor, y de seguida, la megafonía de la nave certificó mis malos augurios:

-“BUENOS DÍAS. LES COMUNICAMOS QUE, DEBIDO AL MAL ESTADO DE LA MAR, NOS VEMOS OBLIGADOS A CAMBIAR DE BUQUE, POR LO QUE ROGAMOS QUE LOS QUE HAYAN EMBARCADO CON SU VEHÍCULO ACUDAN A LA BODEGA DE CARGA, MIENTRAS QUE EL RESTO PUEDEN PROCEDER A DESEMBARCAR POR LA ESCALERILLA Y DIRIGIRSE A NUESTRAS OFICINAS DE LA ESTACIÓN MARÍTIMA, EN DONDE LES SERÁN ENTREGADOS LOS PASAJES PARA EL CAMBIO A UN NUEVO BARCO, EL CUAL, TIENE PREVISTA SU SALIDA A LAS TRECE HORAS Y LA LLEGADA A BARCELONA A LAS VEINTE HORAS. ROGAMOS DISCULPEN LAS MOLESTIAS, Y RECIBAN UN SALUDO DE PARTE DEL CAPITÁN Y DE TODA LA TRIPULACIÓN”.

Tocado y hundido. Estaba en Mallorca, el nuevo barco tenía prevista la llegada a Barcelona a las ocho de la tarde y el encuentro comenzaba a las siete, por lo que todo el esfuerzo hecho por embarcar en medio de la tormenta había sido en balde. Resignado, pensé que lo mejor sería tomarme las cosas con filosofía, por lo que llamé a un viejo amigo mallorquín, al que hacía bastante que no veía, y le pedí que, por favor, me acercara al aeropuerto. Una vez allí, compré un pasaje con destino a Barcelona, y lo que empezó siendo una genial idea con la que ahorrarme un importante dinero, acabó saliéndome el doble de caro.

Continuará...

viernes, febrero 17, 2012

Capítulo XVIII: Entre el miedo y la esperanza (1ª parte)

Como era de temer, aquellos momentos de calma y felicidad no tardaron en desvanecerse igual que el humo en el aire. La tregua en nuestras vidas duró lo que duraba la Navidad y poco más, y tal y como sucedía en las guerras, desapareció por completo una vez que las festivas luces de las calles se apagaron del todo, dando paso a la crudeza del día a día y a un oscuro mes de febrero en el que la salud de Dolores volvió a resentirse seriamente. Tanto, que ya todas las esperanzas estaban puestas en la delicada operación de corazón que debían efectuarle en Palma de Mallorca el 26 de marzo. Tan sólo un par de días antes de la misma, Dolores volaba hacia la capital balear acompañada de Julia, quien, con todo el dolor de su alma, tenía que destetar por ello a la pequeña Ana, aun confiando en que si la cosa iba bien, en una semana volverían las dos a Ibiza y la cría podría reemprender la lactancia.

Poniéndome asimismo en el mejor de los casos, yo empecé a buscar billetes de avión con destino a Barcelona, pues quería presenciar en directo el choque de cuartos de final de la Copa de la UEFA entre el Espanyol y el conjunto portugués del Benfica, y que se iba a jugar el 5 de abril. No obstante, de seguida vi que aquel propósito no sería fácil, ya que el partido se jugaba el mismo día que empezaba la Semana Santa, y los escasos vuelos que aún quedaban libres entre la Ciudad Condal e Ibiza estaban a un precio prohibitivo. Además, tampoco podía comprarlos sin saber el resultado de la operación, por lo que a la espera de acontecimientos, dejé aparcado el tema y me dispuse a pasar el primer fin de semana en casa sin mi mujer.

Toda la mañana del lunes la pasé pendiente del móvil. Julia me había llamado a las siete y media, poco antes de que entrara su madre en quirófano, y quedamos en volver a hablar en cuanto Dolores saliese del mismo, pero las horas iban pasando y la llamada no se producía. La operación, calculada en un principio sobre unas tres horas de duración, llevaba ya más de seis, y yo, preocupado, seguía sin recibir noticia alguna hasta que por fin, casi a las tres de la tarde, llegó la tan ansiada llamada.

– Dime cariño, ¿cómo ha ido todo?- pregunté nervioso al descolgar.

No necesité contestación para saber que algo iba mal, ya que a través del teléfono apenas si se oían los lloros de una Julia incapaz de articular palabra. Tanto era así, que un por momento me temí lo peor.

- ¿No me digas que ha muerto tu madre por favor?

Julia, recuperando la calma, finalmente pudo contestar entre sollozos.

– No, pero está muy mal. Los médicos dicen que al abrirla se han encontrado con que su corazón estaba mucho peor de lo que se pensaban, y han tardado el doble de lo previsto- me explicó.

– Pero, ¿cómo está ella? ¿Está consciente?- indagué.

– Bueno, está estable y sedada. La tienen en la U.C.I., pero no nos dicen mucho más.

– Venga cariño, no te preocupes, que ya verás como todo se arregla.

– Sí. No sé. Ya veremos. ¿Qué tal las niñas? ¿Cómo se han portado este fin de semana?- preguntó Julia, que al recordar a sus hijas, no pudo evitar ponerse a llorar de nuevo.

– Genial, no me han dado ningún problema- respondí, obviando un pequeño contratiempo acaecido con Ana, a quien no parecía gustarle demasiado la leche de continuación. -Hace un rato he llamado a mi madre para ver que tal estaba la peque, y me ha dicho que ha comido muy bien y que ahora está haciendo la siesta. Y Eva en el cole, claro. Al salir de trabajar iré a estar un rato con ellas. Y tú no te preocupes, que pronto estaremos otra vez todos juntos- le dije queriendo animarla, aunque sin mucho éxito.

Lo cierto es que era yo el que comenzaba a preocuparme. Sabía, porque así lo había podido comprobar en los casi catorce años que llevábamos juntos, que Julia era una mujer realmente fuerte, tenaz, inasequible al desaliento y capaz de sobreponerse a todas las adversidades que hasta la fecha se le habían puesto por delante en su vida, que no eran pocas, si bien, esta vez el panorama era del todo desolador. Tanto, que nada más colgar el teléfono decidí que el próximo fin de semana iría a Mallorca para hacerle compañía.

Casi por casualidad, antes de comprar el billete de avión me dio por echar un vistazo a las webs de las distintas navieras que operaban entre las islas. En una de ellas, vi como se ofertaban pasajes de ida y vuelta incluyendo vehículos a un precio excepcional, por lo que en vez de irme yo solo en avión preferí ir en barco y llevarme de paso y por sorpresa a las niñas, a ver si así conseguía levantarle el ánimo a mi mujer. Y a fe que lo logré, pese a que tras el júbilo por el feliz e inesperado reencuentro, a Julia no le que quedó más remedio que ponerme al corriente de la situación; su madre, continuaba sedada en la U.C.I. y sin viso alguno de pronta recuperación, por lo que su estancia en el hospital, y según los médicos que la atendían, podía alargarse por tiempo indefinido. Ante tal terrible perspectiva, los dos nos conjuramos para afrontar con entereza lo que, se intuía, iba a ser una durísima prueba en nuestras vidas. Otra más.

Continuará...


(Extraido de la novela EL PAN DE LOS POBRES)

lunes, febrero 13, 2012

Mi primer NO San Valentín en años

El de este 2012 será el primer San Valentín que pase solo en los últimos veinte años, pues los diecinueve anteriores los pasé siempre acompañado: el de 1993 con Ana, una chiquita de San Antonio con la que apenas llevaba un par de meses saliendo y con la que no duré mucho más, y los dieciocho restantes, los que van desde 1994 hasta el 2011, con Julia, de la que me separé poco antes del verano pasado, por lo que se me va a hacer raro el no tener que preguntarme qué regalo comprar. Algo que, tras casi dos décadas con la misma persona, resultaba cada vez más difícil si lo que quería era ser original, ya que al día de los enamorados había que sumarle dos aniversarios (el de novios y el de casados), el santo, el cumpleaños, Papá Noel, los Reyes Magos, el día de la Madre y algún que otro día tonto de esos en los que, porque hoy es hoy, como decía el anuncio de bombones, caía algún regalo inesperado.

Pese a ello, he de decir que con esta fecha me pasaba algo parecido que con la Navidad; es decir, no miraba el lado superfluo y comercial de la misma, y no me importaba lo más mínimo si es, como dicen, un día inventando por los grandes almacenes y que en España se introdujo a mitad del siglo XX por mediación de la desaparecida Galerías Preciados. No, todo eso me daba igual. Para mí, el de San Valentín era, hasta ahora, un día que me gustaba usar de excusa para pasar una velada a solas con mi pareja: sin niñas, sin amigos, sin familia…solos ella, yo, y una buena cena regada generosamente con vinos y licores, y rematada con el más sabroso y dulce de todos los postres; sus labios y, por extensión, su cuerpo.

Y es que pese a que el amor hay que cultivarlo todos los días (dudo mucho de que haya una sola persona en este mundo, hombre o mujer, que sepa hacerlo como es debido), nunca está de más el que haya un día específico para que una pareja se dedique un tiempo a sí misma, olvidándose de los problemas cotidianos y dejando de lado todas las preocupaciones cotidianas aunque sea por unas horas. Y si se tienen hijos, más todavía. Porque da igual que el motivo sea el stress del trabajo (o del estar en el paro), la hipoteca, la letra del coche, la educación de los críos, la sucesión en Corea del Norte, la situación en Oriente Medio, la penúltima cagada de tu equipo…en definitiva, la excusa que cada uno se quiera poner, pero lo cierto es que no siempre las parejas se dedican entre sí toda la atención que debieran.

En cualquier caso, y por desgracia, este año ése ya no será mi problema, pero a los que si tienen pareja (y aunque no soy nadie para dar consejos, y menos en este campo), les diría que disfruten lo máximo posible de el día de los enamorados, que la vida es muy cambiante y nunca sabe que puede deparar el mañana, y que aunque días así puedan parecer a priori una chorrada consumista a mayor gloria de El Corte Inglés, lo cierto es que cuando ya no tienes a nadie con quien celebrarlos, es cuando de verdad los echas de menos.

viernes, febrero 10, 2012

Frontera francesa

Allá por la segunda mitad de los años ochenta yo era un mozalbete que iba al instituto y en el que en sus gustos musicales se incluía, entre otros, el punk –rock. Cosas de la edad, supongo. El caso es que en aquella época pre internet, el pirateo musical no se hacía bajándose uno archivos desde un ordenador, sino que, por lo menos en mi caso, era pidiéndole a un amigo que tenía un radiocasete de doble pletina que me grabara la música que me interesaba, dándole para ello las viejas cintas T.D.K. heredadas de mi hermana y que reutilizaba una y otra vez. De hecho, y teniendo en cuenta que los casetes copiados tampoco solían ser originales, muchas veces el resultado final sonaba más a psicofonía sacada de un cementerio que no a música rock, pero en aquellos tiempos analógicos tampoco es que eso fuese algo que me importara demasiado.

Venía esto a cuento, porque en una de esas cintas que en su día le di a mi amigo para que me hiciera una copia venía un popurrí de grupos punk nacionales desconocidos para mí, y en el que se incluían dos temas de un conjunto madrileño llamado Larsen, uno de los cuales, “Frontera Francesa”, iba dedicado a aquellos franceses que, a principios de los ochenta, hicieron del acoso y derribo a los camiones cargados de frutas y verduras españolas su deporte favorito. El tema, musicalmente hablando, no era nada del otro mundo, ni mucho menos, pero para los que, como era mi caso, recordábamos con indignación aquellas imágenes de los galos vejando a nuestros camioneros ante la irritante pasividad de los gendarmes, no dejaba de tener su aquel.

“Arruináis a mi Viejo que es agricultor

Y no tiene caldo para echarle al tractor

Nos quemáis en la frontera todos los camiones

No ganamos pelas, no tenéis razones

Malditos, franceses

Malditos, franceses

Malditos, franceses, dejadnos en paz

Gabachos de mierda, basta ya

Pateadle el culo a vuestro Miterrand

Nos quemáis en la frontera todos los camiones

No ganamos pelas, no tenéis razones

Malditos, franceses

Malditos, franceses

Malditos, franceses, dejadnos en paz…”

Esta semana, un cuarto de siglo después de aquello, y tras observar estupefacto como una cadena de televisión francesa aprovechaba el más que discutible positivo de Contador para atacar sin piedad a todos los deportistas españoles en algo que, lo vistan como lo vistan, denota más un complejo de inferioridad deportiva con respecto a sus vecinos del sur que no otra cosa (algo que para una sociedad tan chovinista como la gala, me imagino no será nada fácil de asumir), esta semana, decía, no he podido evitar el acordarme de Larsen y su “Frontera Francesa”, y volver a tararear aquello de “malditos franceses, dejadnos en paz”.

domingo, febrero 05, 2012

Real como la vida misma

Hacía ya un tiempo que el genial Pallarés no nos deleitaba a los pericos con una historieta suya de 4º de ESO en la que el Espanyol fuese parte importante de la misma, pero, cuando lo ha vuelto a hacer, no ha decepcionado en absoluto.


(Clickad sobre las imágenes para verlas ampliadas)

Y lo mejor de todo es que, pese a tratarse de una historieta cómica cuya finalidad es la de exagerar una situación cotidiana para provocar una sonrisa en el lector, creo que muchos de nosotros, en la misma tesitura, actuaríamos igual que lo hacen Olegario y Jaume en la última viñeta.

Vamos, por lo menos yo sí.


Nota: Historieta publicada en El Jueves Nº 1.810, fecha del 1 al 7 de febrero del 2012

viernes, febrero 03, 2012

La foto

Fue el pasado veintidós de junio. No hacía ni tres semanas que había salido de mi matrimonio por la puerta de atrás y andaba aún un poco desubicado por la vida, por lo que uno de mis mejores amigos, con la intención de que me distrajera, me llamó para que al salir del trabajo me acercara hasta el campo de fútbol de Sant Jordi, en donde ese mismo día iba a dar comienzo una nueva edición de la Ibiza Island Cup, torneo de fútbol base que lleva celebrándose desde hace unos cuantos años en la isla y en el que, aparte de equipos locales, participan también varios de los mejores clubes de toda España. De hecho, el partido inaugural de aquella tarde iba a enfrentar al equipo local, el Sant Jordi, contra el mismísimo Sevilla, en este caso de categoría juvenil, aunque en el torneo, por lo menos en esta edición, participaban chavales de todas las edades, desde benjamines hasta juveniles.

Como siempre llegué un poco tarde. Aunque el horario en principio era bueno, en plena temporada estival nunca salgo a mi hora, así que cuando al llegar al estadio bajé del coche oí como por la megafonía alguien ya estaba dando el discurso inaugural del torneo. Prestando un poco de atención no me fue difícil reconocer la voz de la persona que estaba hablando, que no era otro que Xico Tarrés, quien hacía justo un mes había sido derrotado en las elecciones como candidato a la presidencia del Consell Insular (máxima representación de la isla), cargo que había ocupado los últimos cuatro años, y al que llegó tras ocho años como alcalde de la ciudad de Ibiza. No obstante, si reconocí su voz no fue por eso, sino por haber sido tutor mío entre sexto y octavo de E.G.B., cuando, antes de dar el salto a la política, aún ejercía la docencia. El que fuese él quien diese el discurso tampoco me extrañó, pues Xico siempre ha sido un gran aficionado al fútbol que, desde su condición de político, ha tratado por todos los medios de que la isla contara con un equipo en condiciones, aunque me temo que con más pena que gloria. Para los aficionados pericos, comentar que esos intentos acercaron a la isla en su día a Sebastián Javier, aquel vicepresidente dueño de Grup Tarradellas y que llegó a comprar un avión para que viajara en él la primera plantilla del Espanyol, así como al hoy director deportivo del club Ramón Planes, quien se dejó caer por aquí unos cuantos años antes de su incorporación al Mágico aún no sé muy bien con qué planes, la verdad sea dicha.

El caso es que cuando entré en el estadio las gradas estaban a rebosar; mitad por aficionados, mitad por los chavales de todos los equipos participantes en el torneo y que no se habían querido (o podido) perder la inauguración. Así, empecé a andar por una abarrotada grada en busca de mi amigo, y al cruzarme con unos jugadores del Espanyol que, por edad, calculo debían ser infantiles (alevines tal vez), vi como uno de ellos me miraba y de seguida le cuchicheaba algo a su compañero. Al principio no caí, pero luego recordé que llevaba puesta una camiseta de La Curva, que fue lo que les llamó la atención. Supongo que no se esperaban encontrar a alguien de dicho grupo en las gradas de un campo de Ibiza. Luego, al dar con mi amigo, éste me dijo que me fijara en uno de los que estaban en el centro del campo junto a Xico Tarrés. Lo reconocí de seguida, pues no era otro que Javi Márquez, uno de nuestros mejores jugadores del primer equipo. Quiso la casualidad, que al finalizarse todos los discursos Javi justo abandonara el terreno de juego por la parte en la que yo estaba, así que mi amigo me dijo que por qué no me hacía una foto junto a él. Lo cierto es que yo nunca he sido muy de fotografiarme con futbolistas, ni tan siquiera con los del Espanyol, pero sin embargo en esta ocasión hice la excepción y me acerqué a él, y al pedirle si quería hacerse una foto conmigo vi que, al igual que anteriormente los niños, también él se fijaba en mi camiseta antes de contestar sonriendo un “por supuesto”.

Tras la foto, pasé mucho de importunarle con preguntas acerca de si iba a renovar o no con el Espanyol, pues tampoco soy de los que les gusta molestar a la gente con según qué cosas, y menos cuando se está de vacaciones, así que regresé a mi sitio en la grada junto a mi amigo y un par de cervezas, y me dispuse a ver como el Sant Jordi arrancaba un valioso punto al Sevilla tras empatar a cero en el encuentro con el que dio comienzo la Ibiza Island Cup 2011. El primero y último que pude ver de todo el torneo.