sábado, agosto 27, 2011

27 de agosto de 1993

"Quedamos la tarde del viernes en el parking del descampado, ya que ella no quería que pasara a buscarla por su casa a fin de no tener que darle explicaciones a su madre. Al verla salir del pequeño Opel Corsa, quedé embelesado. Julia, luciendo un vaporoso vestido blanco muy del estilo ibicenco, y bajo el que se adivinaban todas sus curvas, estaba arrebatadora, por lo que, por un instante, pensé que aquello no podría llegar a funcionar jamás en la vida.

– Caramba, que guapa. Creo que voy a tener que estar toda la noche apartando buitres a codazos- le espeté balbuceante al llegar a su lado, falto de costumbre en el arte de lanzar piropos.

– Muchas gracias. Tú tampoco estás nada mal-, retornó Julia el cumplido, sonriendo coqueta antes de montarse en un coche al que, por fortuna, había recordado llevar a lavar esa misma tarde.

Ya en marcha, le propuse mi idea.

– Si te parece, podemos ir a un restaurante que vi el otro día en Santa Eulalia. No he estado nunca, pero visto desde fuera no tenía mala pinta.

– Vale, como tú quieras- respondió ella, sin ofrecer ninguna alternativa.

Por el camino, y con la música de fondo de una antigua canción del Último de la Fila, ambos permanecimos en total silencio, igual que dos jugadores de ajedrez que estuviesen planeando mentalmente sus estrategias previas a una partida que estaba a punto de iniciarse. A mí, el primero de los movimientos previstos me saltó por los aires nada más llegar, ya que, por casualidad, fuimos a encontrar aparcamiento en la misma puerta del local, frustrándome con ello mi plan inicial de abrazarla mientras caminásemos por la calle.

- Anda, fíjate, justo enfrente- exclamé con una falsa sonrisa, tratando de disimular mi malestar por el pequeño contratiempo.

Todavía contrariado por el infortunio entramos en el restaurante en donde, y ante mi estupor, por el hilo musical comenzaban a sonar en ese preciso momento los primeros acordes de la marcha nupcial de Wagner, para el regocijo de Julia, quien, vestida con su traje blanco, me miró a los ojos y riendo comentó.

– Mira, ni que lo hubiesen hecho aposta. A ver si va a ser una premonición.

A mí, la broma, no me hizo tanta gracia. Una cosa era ligar esa noche y otra, muy distinta, que el ligue se fuese a alargar demasiado en el tiempo, algo para lo que no estaba ni mucho menos preparado, aunque, en cierto modo, el comentario de Julia se me antojó que era una puerta abierta por la que lanzarse de cabeza a la piscina.

Sentados en una romántica mesa, adornada con un discreto centro de flores elaborado a base de alelíes y juncos, repasamos indecisos una carta en la que todo parecía estar exquisito, pero de la que al final nos decantamos por unos pimientos de piquillo rellenos de bacalao y unos mejillones gratinados de primero, dando buena cuenta de un solomillo de cerdo con patatas asadas y de un entrecot con salsa a la pimienta verde de segundo, todo, generosamente regado con un Marqués de Cáceres tinto reserva. Tras los postres y los cafés, y esperando a que nos prepararan la cuenta, el camarero nos dejó en la mesa la botella de Stolisnaya bien fría y la de lima, a fin de que nosotros mismos nos sirviéramos un chupito por cortesía de la casa.

Julia, estaba nerviosa. O al menos, esa era la sensación que me había dado durante toda la cena y que, conforme avanzaba la velada, parecía ir in crescendo. De hecho, era la misma impresión que ya tuve al acompañarla hasta el coche el día que la conocí, pero esta vez estaba del todo seguro de que los nervios se debían a lo que, en teoría, iba a suceder al terminar la cena. Después de bebernos un par de chupitos cada uno, Julia cogió la botella y, ante mi asombro, rellenó de nuevo los vasos. Tras atragantarme con ese postrero trago, apunté entre toses que para mí era el último, pensando también en que luego tendría que conducir un buen rato. Ella, sin embargo, se sirvió otro más. Al traer el camarero la dolorosa, Julia hizo un leve amago de llevarse la mano al bolso antes de que yo la parara.

– Deja deja, que a esta cena te invito yo- le dije cogiendo la elegante carpetita de cuero en la que venía la nota.

– Ah vale, era por si querías que pagáramos a medias- se excusó ella.

– Pues no. Ésta, corre por mi cuenta- respondí sonriendo. Máxime, al observar que el importe de la cena, y pese a que no dejaba de ser un clavo superior a las cinco mil pesetas, era aún menor de lo que me temía, por lo que incluso me sobraba algo de dinero con el que pagarme unas copas.

Nada más salir del restaurante, y con la excusa de ir a rebajar la comida, fuimos a dar un paseo por el cercano puerto deportivo. Caminando por uno de los pantalanes, mirando con disimulada envidia los yates de lujo, ella comentó que tenía frío. Cierto era, que a pesar de ser 27 de agosto una suave brisa marina la invitaba a cubrirse su espalda desnuda, aunque aquel comentario no dejaba de ser una sutil insinuación para que yo la abrazara. Habiendo captado la indirecta, pasé con suavidad mi brazo por encima de su hombro y ella a su vez me agarró con fuerza por la cintura. De esa guisa, continuamos andando unos pocos metros hasta que, armado del falso valor que me proporcionaba el alcohol, por fin me arriesgué y sin más preámbulos la besé apasionado, siendo ampliamente correspondido.

- Ya era hora. Pensaba que no te ibas a lanzar nunca- susurró Julia burlona al separar nuestros labios.

- Venga, no me vaciles, que tú has estado nerviosa toda la noche esperando este momento. ¿O te crees que no me he dado cuenta?- repliqué, bastante crecido por el éxito.

– Bueno, si te digo la verdad, no estaba nerviosa por ti, sino porque sólo llevo mil pesetas en el bolso y no sabía si tendría que pagar la cena a medias. De ahí, que me haya hinchado a chupitos, por si tenía que quedarme a fregar platos, que menos que hacerlo contenta- se sinceró Julia riendo y golpeándome el ego por segunda vez en menos de una semana.

Hecha esa pequeña confesión, decidimos irnos al West End a celebrar, por todo lo alto, nuestro recién estrenado noviazgo. "


(Texto extraído de "EL PAN DE LOS POBRES, LA NOVELA")

6 comentarios:

Miquel dijo...

Me ha gustado...y mucho, no habla más que de cosas normales que nos ha pasado a personas normales...Un abrazo y ánimo ¡

pericogranollers dijo...

hummmmmmmmmmmmmm............¿pardillo? jajajajajajaja..........saludos

pericogranollers dijo...

por cierto,para rematar la faena hubiera estado bien que la dejaras con el coche a la puerta del restaurante y tu hubieras tenido que ir a aparcar a tres quilometros jajajajajajaja.......

Història i tradició dijo...

Pues a mí, como a Miquel, también me ha gustado mucho. Historia sencilla pero que esconde los miles de pensamientos y de preguntas que pasan por la cabeza de uno en situaciones así. Al menos así lo veo yo.

Albert Olivé dijo...

Genial Emilio. Me ha gustado y me he visto reflejado en mis primeros pasos.

Emilio dijo...

Gracias amigos. Lo cierto es que si, que es un relato real y sin más adornos que los estrictamente necesarios. Es, como dice Albert, algo en lo que cada uno, salvando los decorados, se puede ver reflejado.

Es(fue), en definitiva, parte de uno de los momentos mas felices de toda mi vida y que jamás olvidaré. De hecho, en parte se escribió para no ser olvidado nunca.