sábado, septiembre 10, 2011

10 de septiembre del 2006

"Casi toda la mañana del sábado la pasé en la clínica. Era un día señalado, ya que se trataba del cumpleaños de mi madre, por lo que me las arreglé como pude para escaparme cinco minutos a comprar un bonito ramo de flores y entrarlo en la habitación sin que nadie se diera cuenta, a fin de que mi padre se lo pudiese regalar a su esposa, tal y como acostumbraba a hacer en cada cumpleaños o aniversario. Ya por la noche, y cuando todos se hubieron marchado, me quedé de guardia en el hospital, pues a Silvia le iba mejor el quedarse a la noche siguiente. Tras la cena, acerqué un butacón a la cama de mi padre y ambos nos dispusimos a ver el partido que daban en abierto por la tele, un a priori interesante Atlético de Madrid–Valencia, y que conforme avanzaban los minutos se iba haciendo cada vez más flojo. A decir verdad, sólo yo seguía el encuentro con cierto interés, ya que mi padre, y al igual que hacía siempre, se limitaba a echar alguna pequeña ojeada al televisor sin dejar de leer la prensa en ningún momento. Al terminar el fútbol, me di cuenta de que mi padre se había quedado dormido, por lo que comprobé que la regulación de oxígeno fuese la correcta, apagué la luz y salí al balcón, pues yo, incapaz de dormir ya más de tres ó cuatro horas seguidas desde que me enterara de la gravedad del asunto, apuraba las madrugadas oyendo la radio.

A la una en punto, y como cada noche, entró la enfermera a suministrarle a mi padre unos medicamentos, lo que le desveló ligeramente. Al verlo despierto me volví a sentar junto a él y, mirándolo con aflicción, le empecé a acariciar con suavidad su frente rugosa y su escaso cabello cano. Mientras le acariciaba, evocando agradables pasajes ya casi olvidados de mi infancia, mi padre abrió los ojos y, haciendo un gran esfuerzo, trató de incorporarse. Queriendo ayudarle, recliné mi cuerpo y traté de rodearlo con los brazos, y al acercar mi cabeza a la suya, él aprovechó para susurrarme al oído un lapidario “me canso”, piadoso eufemismo con el que no tener que decirle a su hijo “me muero”. Después, se dejó caer sobre la cama y por unos minutos estuvo mirando fijamente mis humedecidos ojos, hasta que, vencido por los sedantes, por fin se durmió, consciente sin duda alguna de que su vida, estaba llegando a su fin. Pasadas las tres de la madrugada, y tras haber estado más de dos horas velando el sueño de mi progenitor, agotado, también yo caí dormido.

La enfermera entró de nuevo a las seis a inyectar otra dosis de medicamentos. Al escuchar cómo se abría la puerta me incorporé de inmediato, pero al ver que se trataba de ella volví a tumbarme sobre el incómodo camastro auxiliar. Al oírla salir, reparé en lo rápido que había ido, más de lo habitual, si bien, no le di mayor importancia. Sin embargo, en menos de un minuto la puerta se volvía a abrir, y esta vez eran dos las enfermeras que entraban. Una de ellas, mirándome a la cara me preguntó, casi me ordenó, si podía salir un momento. Sentado en la sombría sala de espera, no hizo falta que llegara el médico a confirmarme lo que yo ya sabía al haberme hecho salir la enfermera de la habitación: mi padre, había muerto..."

(Texto extraído de "EL PAN DE LOS POBRES, LA NOVELA")

De esto han pasado ya cinco años, pero sigo teniendo a mi padre muy presente en mi vida.

6 comentarios:

Castaway dijo...

Un abrazo ENORME amigo. Casta.

Història i tradició dijo...

Éste es de los realmente tristes.

Un abrazo Emilio.

Albert Olivé dijo...

No puedo decir más, que un fuerte abrazo Emilio.

pericogranollers dijo...

por lo menos se fue sabiendo que estabas a su lado,saludos y animos

César C.A. dijo...

Coño Emilio!! Dentro de la tristeza, un relato INMENSO!!

Un fuerte abrazo,
César

Emilio dijo...

Gracias Casta. Llevo unos días que ni pa qué. En fin, ya tu sabes.

Dani, me temo que mi novela es bastante triste. Con algún que otro motivo para la risa, pero triste en líneas generales.

Albert, muchas gracias.

Pericogranollers, fue casualidad, pues justo murió la madrugada del sábado al domingo, y aprovechando el finde mi hermana y yo quisimos relevar a mi madre. Y bueno, a mí me tocó el sábado, y pasar junto a él sus últimas horas de vida. Lo cierto es que lo celebré. Más que nada, porque creo que para mi madre hubiese sido un palo muchísimo más duro aún.

Gracias Cesar. Lo cierto es que me costó escribirlo, pues era rememorar demasiado los sentimientos, pero bueno, lo hice lo mejor que pude, y con eso me basta.