viernes, enero 20, 2012

Adiós a las botas

Cuando en mayo del 2011 finalizó el último partido de la liga de fútbol-7 para mayores de treinta años en la que jugaba, ya tenía más o menos en mente que de aquella podía haber sido la última vez que me calzaba unas botas en plan “oficial”. No en vano la temporada se me había hecho eterna, y cada vez me daba más pereza el tener que ir a jugar un partido en pleno invierno y entre semana a las nueve o las diez de la noche en el lugar más recóndito de la isla, o el ir a entrenar y que sólo fuésemos cuatro o cinco los que nos presentábamos en el campo, mientras otros preferían quedarse en su casa calentitos y sin pasar frío, o viendo los partidos de la Liga de Campeones. Además, tampoco los resultados nos habían acompañado mucho, ya que en esa campaña debimos sumar más derrotas que el Espanyol de “Tintín” Márquez y el de Mané juntos, por lo que la motivación para continuar la tenía a la altura de los tacos. Y, por si fuera poco, a lo largo del campeonato hubo varios encuentros (más de los deseados) que se asemejaron más a combates de pelea callejera que no a partidos de fútbol amateur, por lo que en vez de ir a pasarlo bien y eliminar el stress del trabajo, al final uno salía más excitado del césped que cuando entraba. Sin embargo, y pese a todo lo expuesto, no fue hasta el, por lo menos para mí, triste mes de junio (ese en el que mi vida comenzó a tomar un rumbo más errático que el del Costa Concordia) en el que tomé la decisión definitiva.

Y es que, si hay alguna virtud de la que yo pueda presumir en esta vida, aunque sólo sea una, esa no es otra que la de ser cumplidor con todo aquello a lo que me comprometo, sea lo que sea; un deporte, una relación, un trabajo, una amistad... de hecho, en más de una ocasión he renunciado a colaborar en proyectos bien ilusionantes, tan sólo por no estar seguro de poder dedicarles todo el tiempo y el esfuerzo que yo entendía eran necesarios para la buena marcha de esos proyectos. Y si algo tenía muy claro desde un principio, es que no iba a apuntarme a un equipo de fútbol para no poder acudir, como mínimo, a la mitad de los partidos y entrenamientos. Sobre todo, porque yo sé lo mucho que molesta el ir a entrenar y tener que hacer un dos para dos con un portero porque no éramos más, o el tener que jugar todo un partido sin cambios e incluso con uno menos. Así pues, y siendo coherente con mis principios, decidí dar carpetazo a toda una vida como jugador aficionado de fútbol, fútbol sala y fútbol-7. Una vida que empezó de manera oficial en el año 1982 (aunque ya incluso antes iba a entrenar con un equipo), y que se ha alargado de manera casi ininterrumpida cerca de tres décadas, en las que he aprendido a amar y a odiar este deporte a partes iguales. Una vida de victorias y de derrotas, de alegrías y sinsabores, de frustraciones y superación personal pero, sobre todo, de buenos amigos que fui haciendo siempre allá donde jugué.


(Algunos recuerdos de una vida marcada por el fútbol)

Y ahora, tras diez meses sin darle una sola patada al balón, ni tan siquiera en pachanguitas de solteros contra divorciados, si he de ser sincero debo decir que no lo echo de menos ni la mitad de lo que me había imaginado. Claro que igual es porque justo hay una mitad del mes, esa en la que mis hijas están conmigo, en la que apenas tengo tiempo para otra cosa que no sea la ir del trabajo al cole y del cole a judo, inglés, catequesis o la actividad que tengan ese día. Y en cuanto a la otra mitad, pues bueno, en esas dos semanas que estoy solo me entretengo como buenamente puedo, ya sea levantando hierros en un pequeño gimnasio, o jugando de tanto en tanto algún que otro partido de pádel en los que, por lo menos, aún puedo aprovechar las botas de multitacos para césped artificial (en la foto las Adidas), porque lo que son las otras, las de fútbol propiamente dichas (las Umbro), mucho me temo que, esta vez, ya las he colgado para siempre.

5 comentarios:

Miquel dijo...

Habrá otras cosas que te interesaran más...ya lo verás ¡¡¡

Pérez Massó dijo...

Coincido contigo en el hecho de no echarlo de menos (al menos tanto como imaginabas)... a mí también me sorprendió. Y aunque ahora sí que ya necesito ponerme a hacer algo de ejercicio, no tengo pensado que sea practicando fútbol.

Albert Olivé dijo...

Aunque te puedas reir a mi me paso con las sardanas. Estuve compitiendo en una "colla" durante 20 años, interrumpidos por la mili y por el trabajo de panadero que me hacía imposible ir. Llegó un punto que empece a dar prioridad a otras cosas, pero como que me había comprometido con esto, no lo quise dejar hasta final de temporada. Creo que hay que ser consecuente con lo que se hace. Y como bien dices, no lo echas de menos porque seguro que tienes cosas mejores que hacer.

Me voy a Cornellà!!!!

César C.A. dijo...

Cierras una etapa y abres otra. Es ley de vida y no hay que darle más importancia.
En mi caso, después de haber intentado jugar a Futbol-7 (creo que jamás lo conseguí) durante casi una década, fuí cambiando los tacos de las botas por los de mi mountainbike, y aunque es relativamente más fácil llegar magullado a casa, aún no he visto una pelea "chusquera" como veía (y vivía) en los terrenos de cesped artificial.

Saludos,
César

PS: El comentario de Albert me ha dejado bastante alucinado: ¿competiciones de sardanas? el día que le vea, le diré que me lo explique, jejejej

Emilio dijo...

Miquel, está claro que un clavo saca otro clavo, pero la liturgia del fútbol es especial; ese llegar al estadio con tiempo, ese ver un poco del partido que se esté jugando antes que el nuestro, ese saludar a los compañeros, el equiparse, el saltar al césped (aunque sea artificial), el primer contacto con el balón...todo eso, como digo, es muy bonito. Quizás más que el propio partido en si, y tal vez sea la única parte que eche de menos.

Dani, tú es que abandonaste muy pronto, y eso que ibas para figura ja ja ja. En cualquier caso, no dejes pasar mucho tiempo sin hacer algo, lo que sea, que luego el cuerpo se vuelve muy perro.

Albert, si uno se compromete se compromete, di que si. ¿20 años en una colla? Guau, toda una vida bailando sardanas y, me imagino, con los domingos ocupados. Yo ahora los tengo con mi hija mayor, que le dio por apuntarse a "ball pagès", que es el baile típico de ibiza, y también tenemos en verano algún que otro domingo de "trobadas".

Cesar, la putada, si se me permite la expresión, es que yo ya estaba medio aficionado a la bici. De hecho, tras más de un año y medio yendo de manera regular un par de veces a la semana, la mountan iba a ser mi distracción si me daba por dejar el fútbol. Y ahora se da la casualidad de que no tengo ni bici, ya que se quedó allá donde vivía y además tampoco era mía, sino de ella. A ver si más adelante me compro una y empiezo de nuevo, que cuando lo dejé ya aguantaba hora y media subiendo y bajando montañas.